
I. INTRODUCCIÓN
La orientación espacial de las iglesias cristianas antiguas es una de las características más distintivas de su arquitectura.
En Europa y en multitud de regiones lejanas adonde llegaron los evangelizadores, existe una marcada tendencia a orientar
las cabeceras de las construcciones en el rango solar, es decir, orientarlas hacia aquellos puntos del horizonte por donde
sale el Sol en diferentes días del año ([1,2]). Dentro del mismo rango solar, sin embargo, también se hallan alineaciones
en sentido opuesto, con el altar a poniente, aunque resultan excepcionales pues no siguen el patrón canónico ([3-5]). El
estudio de la disposición de las iglesias cristianas interesa a la arqueoastronomía académica desde hace muchos años y
recientemente ha cobrado nueva importancia en la literatura especializada. Según los textos de los escritores cristianos
tempranos, los ejes de simetría de los edificios y los ábsides de las iglesias debían estar dispuestos de una manera particular,
de modo que el sacerdote permaneciera mirando hacia el oriente durante los oficios ([6]). Así lo reconocen los teólogos
cristianos Orígenes, Clemente de Alejandría y Tertuliano, y podría haber sido formalizado durante el primer Concilio de
Nicea (325 d.C.). Atanasio de Alejandría, Padre y doctor de la Iglesia católica, también en el siglo IV, expresa que el
sacerdote y los participantes del acto litúrgico deben dirigir su mirada hacia el levante, de donde Cristo, el Sol de Justicia,
brillará al final de los tiempos ([7]). Sin embargo, tras el último Concilio de Trento (1563), parece haber una mayor laxitud
en la obligatoriedad de la orientación de las iglesias. Esto se desprende de los escritos del cardenal Carlos Borromeo, quien
participó en dicho concilio y posteriormente escribió su Instructionum fabricae et supellectilis ecclesiasticae ([8]), en
donde enfatiza la importancia del este equinoccial pero también aclara cómo proceder cuando esta orientación “canónica”
no es practicable. En el presente trabajo nos concentramos en un grupo numeroso de iglesias localizadas en la Reserva
de la Biosfera de la isla de Gran Canaria, perteneciente a España y ubicada en el archipiélago frente a la costa noroeste
de África. Este trabajo es la continuación de un proyecto a gran escala que desde hace unos años venimos realizando
en la Península Ibérica y en las Islas Canarias. En estas últimas, ya nos hemos centrado en la orientación precisa de las
iglesias coloniales de las islas de Lanzarote ([9]), La Gomera ([10]) y Fuerteventura ([11]), así como de las ubicadas en
la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, en la isla de Tenerife ([5]). Como lo hemos hecho en estudios previos, nuestra
intención aquí es investigar si los textos de los primeros escritores y apologistas cristianos, referidos a la orientación de
la arquitectura religiosa ad orientem, fueron respetados o no en este limitado territorio insular, que se halla relativamente
alejado del centro religioso y político de la isla de Gran Canaria y, más aún, de los importantes centros de poder europeos.
II. CONQUISTA Y COLONIZACIÓN DE GRAN CANARIA
La sociedad actual de la isla de Gran Canaria tiene su origen en el campamento organizado por el capitán de la Corona
de Castilla Juan Rejón en un palmeral junto a la desembocadura del arroyo (hoy barranco) de Guiniguada en la noche de
San Juan de 1478. Allí nació el Real de Las Palmas, que con los años se convirtió en la actual ciudad capital de la isla y
que puede considerarse la primera ciudad de realengo (la conquista fue patrocinada directamente por los Reyes Católicos)
fundada por la Corona fuera de la Península Ibérica. Esta ciudad fue, además, un importante modelo que sería continuado
años más tarde en otras fundaciones atlánticas y del continente americano.
Durante las décadas siguientes al período de la conquista, que siguió al menos hasta 1483, en diversos lugares de la
isla se desarrollaron y poblaron pequeños núcleos urbanos y, poco a poco, el territorio vio surgir haciendas y caseríos. En
gran parte de estos pueblos, el aumento de la población fue acompañado de la construcción de pequeñas capillas cristianas
que reflejaban la nueva religión y situación social. De hecho, la forma tradicional de ocupar el territorio conquistado fue
mediante la construcción de ermitas y lugares de culto, como forma de ordenamiento religioso del espacio ([12]).
La isla de Gran Canaria y, en particular, las zonas de la isla quizás menos antropizadas como su extensa Reserva
de la Biosfera, presenta un caso único para estudiar el modo en que el patrón de orientación de las iglesias coloniales
dentro de sistemas compactos y aislados (alejados de la metrópoli) pudo mantenerse fiel a la tradición canónica de Europa
continental (orientación de los ábsides de las iglesias hacia oriente) o, eventualmente, ajustarse a las necesidades locales
en función de la climatología, la orografía o los procesos de asimilación.
III. LAS IGLESIAS HISTÓRICAS DE LA RESERVA DE LA BIOSFERA
La isla de Gran Canaria cuenta con un abundante y rico patrimonio arquitectónico religioso que data del siglo XVI
en adelante. Los primeros templos cristianos eran ermitas pequeñas de edificación sencilla construidas en las distintas
regiones de la isla a medida que avanzaba la colonización. Las iglesias que llegaron a nuestros días son, en general,
edificaciones de un único recinto, con una superficie rectangular y con una fachada plana donde se abre la entrada principal
que, en muchas ocasiones, es la única puerta para acceder al interior.
Algunas ermitas se emplazaron dentro de los nacientes centros urbanos, sobre todo en las regiones más pobladas del
norte y noreste de la isla. Otras fueron fundadas en lugares más periféricos, por ejemplo, hacia el interior de lo que hoy
queda delimitado por la Reserva de la Biosfera. Este es el caso de la ermita de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en
la Solana de Tejeda, que data de 1899, ubicada a unos 2 km del roque Bentayga, célebre formación geológica monolítica
que se eleva imponente en el paisaje que hace de fondo detrás de la ermita (Fig. 1).
Con el correr de los siglos a algunas de estas pequeñas ermitas se les fueron agregando capillas en la cabecera, sacristías
a los lados o detrás del altar (como en la ermita de La Solana de Tejeda) o diversos ornamentos en la fachada. Otras, debido
a la construcción precaria que no soportó el paso del tiempo o por quedar ya estrechas para la cantidad de fieles que
A. Gangui et al. / Anales AFA Vol. 37 Nro. 2 (Junio 2026 - Septiembre 2026) 29 - 36 30